En Bonn no hay pulperías

Estaba en mi casa con uno de esos antojos premenstruales que aparecen sin pedir permiso. No quería un pastel ni una caja de chocolates. Quería algo sencillo: un dulce pequeño, una paleta, una sorpresita que me ayudara a sobrevivir esa subida mensual de hormonas.

En Honduras, resolver ese antojo habría tomado cinco minutos. Bastaba con ponerse unas chancletas (sandalias) y caminar a la pulpería de la esquina.

Las pulperías son uno de esos inventos cotidianos que solo extrañás cuando ya no los tenés. Son pequeños negocios, en su mayoría familiares, que venden exactamente lo que necesitás, incluso cuando solo necesitás una cosa. Podés comprar una paleta, dos huevos, una recarga para el teléfono, una papa para el puré, una bolsa de hielo o un sobre de café. No hace falta pensar en abastecerse para la semana ni comprar paquetes gigantes. La pulpería resuelve la urgencia pequeña de la vida diaria y del presupuesto apretado.

Con el tiempo he descubierto que estos espacios existen en muchas partes del mundo, aunque con otros nombres. En India están las kirana stores, más de doce millones. En África oriental, las dukas. En Sudáfrica, las spaza shops: la palabra significa "escondida", porque nacieron dentro de las casas cuando el apartheid les prohibía a las personas negras tener negocios formales. En Estados Unidos sobreviven los corner stores, las bodegas, los delis, muchas veces administrados por familias migrantes que conocen a sus clientes por su nombre y sostienen la vida cotidiana de un barrio.

Pero en Bonn no hay pulperías.

Hay supermercados abastecidos, panaderías y tiendas especializadas. Todo funciona en calendario. Pero pocas veces encuentro ese espacio donde una entra solo por un chocolate y termina hablando dos minutos con quien atiende, acompañada de una sonrisa.

Y eso me hizo pensar en otra cosa que extraño: la conversación cotidiana.

Los gringos le llaman small talk. Nosotras no la nombramos, simplemente la vivimos, y de pequeña no tiene nada. Es esa conversación espontánea con quien vende las tortillas, la señora de la pulpería o el muchacho que despacha las frutas. Mientras una compra un mango o una gaseosa, inevitablemente se habla de algo: de lo caro que está todo, del calor, de la lluvia, de la política, del vecino, de cómo va la vida.

No son conversaciones profundas, pero pueden serlo, porque la profundidad se encuentra en la vulnerabilidad. He hablado de derechos reproductivos con mujeres que no conocía, paradas frente a un mostrador, entre una bolsa de leche y una recarga de teléfono. Ahí se comparte información, se mide el ánimo del barrio, se confirma que una forma parte de una realidad. Creo que la pulpería es también el lugar donde mejor se puede medir la economía de un país: se ve en lo que la gente deja de comprar.

En Alemania rara vez me pasa eso. No solo porque no haya pulperías, sino porque las interacciones cotidianas están diseñadas para ser eficientes más que conversadas. Entro, compro, pago y salgo. Todo está diseñado para que pase rápido. Solo que, a veces, pasa sin ese pequeño margen de humanidad que yo daba por sentado.

Con los años he aprendido que migrar también consiste en descubrir las instituciones invisibles de la vida cotidiana. No las que aparecen en los indicadores económicos, sino las que sostienen el día a día sin que nadie las nombre.

Una pulpería nunca fue solo una tienda.

Es un lugar donde se compra poco, pero se encuentra mucho.

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Yo nunca realmente me fui